Contaba el mexicano Guillermo del Toro (Guadalajara, 1964) que desde que recuerda que era niño, había dos historias que siempre le llamaron poderosamente la atención, historias con algunos puntos en común, y eran Pinocho y Frankenstein. Curiosamente dos proyectos recientes en su filmografía a día de hoy y que configuran parte de los trabajos más notorios de uno de los cineastas y artesanos, más creativos que aún quedan por Hollywood. Como en su versión de Pinocho (que le hizo ganar su tercer Oscar) ha contado con Netflix (o mejor dicho Netflix ha querido contar con él) para desarrollar su otro gran proyecto personal la de su visión del clásico literario de Mary Shelley.
Y es que vaya por delante que no estamos ante una adaptación de la novela clásica de terror, sino de una visión personal (aquí Del Toro también escribe) de la propia historia, vista desde dos puntos de vista que dividen la película en dos grandes partes. Por un lado, la visión del científico de lo que es la vida y la muerte; y por otro lado de la visión del propio monstruo (con la interesante interpretación del australiano Jacob Elordi), aquí más próximo a un modelo que a una criatura deforme. Y esto ya da un punto de vista diferente del que, hasta ahora, se tenía del personaje.

La película es larga, roza las dos horas y media de metraje, una duración que quizá se vuelve un tanto excesiva. Posiblemente con media hora menos, la cosa habría quedado igual y no se habría convertido en un producto que eche para atrás a un@s cuant@s. Y, además, hay una descompensación entre las partes, resultando la primera, la de la visión del científico, la que todo el mundo conoce, la más ágil y entretenida. En cambio, la visión del monstruo, es quizá algo más lenta, y quizá algo menos interesante. Pero no hay duda de que ambas son necesarias o eso ha pensado su director, para comprender lo que se quiere contar.
Del Toro siempre ha sido un tipo entrañable, de buena conversación, apasionado del cine y de todo lo que tenga que ver con su ‘fabricación’. Y esa pasión y ese amor, se demuestran en cada plano de Frankenstein, con una fotografía sobresaliente (esos grandes angulares), una paleta de colores significativa y un diseño de producción realmente sorprendente y que llama la atención en esta época en la que todo parece abocado a ser virtual. En este sentido, la producción de la película es un homenaje a todos aquellos que se pasan horas y horas creando decorados, maquillaje, atrezzo… Cada detalle de cada escenario es soberbio y denota un gusto y una pasión por lo que se está contando, que muy pocas veces se ve en el cine.

Sobre la historia, poco podemos contar nuevo, salvo los puntos de vista que nos cuenta el director. Una historia sobre la creación (el creador y la criatura, ¿qué los une, separa y destruye?), sobre jugar a ser Dios (la película tiene numerosas referencias religiosas), sobre padres e hijos que fueron o no amados, o que fueron o no deseados, sobre el ego del ser humano… todo ello envuelto en un precioso papel de regalo que, afortunadamente y a pesar de estar Netflix detrás, se ha podido ver en salas de cine.
Donde quizá Frankenstein tropieza es en algunas subtramas o en algunos matices. No resulta convincente toda la parte romántica de la historia, a pesar de que el guion se esfuerza por ello, y de que la siempre agradecida y enigmática presencia de Mia Goth traten de convencernos. Un papel muy poco explotado y que da la sensación de servir de excusa para meter con calzador esa parte del relato.

Frankenstein es una obra enorme, hecha con pasión, que trata de buscar un punto de vista nuevo, a pesar de que le cuesta en sus casi tres horas de metraje, de dejarnos poso. Lo apabullante de su estilo visual termina, a veces, por engullir la narración, pero gracias a lo poderoso de su historia nos engancha. Queda por ver qué ha hecho Maggie Gyllenhaal en su película La novia, una visión sobre la compañera del personaje.
- Oscar Isaac
Victor Frankenstein - Jacob Elordi
El monstruo - Christoph Waltz
Harlander - Mia Goth
Elizabeth Lavenza / Caroline Beaufort - Felix Kammerer
William Frankenstein



